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1954
Director: Mikio Naruse.
Actores: Setsuko Hara, Sô Yamamura, Ken Uehara.
Guión: Yôko Mizuki, según una novela de Yasunari Kawabata.
Fotografía:  Masao Tamai.

¿Por qué? Sigo con mi ciclo sobre Mikio Naruse y, de momento, me quedo con Migaderumo (Nubes dispersas) pero no termino de ver por qué este director gusta tanto a otro apasionado cinéfilo, mi amigo Ricardo.

¿De qué? Ogata Shingo es un anciano jubilado que enfrenta el final de su vida.  Su memoria empieza a fallar y una enfermedad pasada le acecha.  Shingo renuncia a seguir haciéndose revisiones pero si afronta un ultimo trabajo antes de permitir que la vida le deje de lado.  Se trata de salvar el matrimonio de su hijo con Kikuko.  Kikuko es joven y encantadora, Shingo llega, incluso, a sentirse atraído por ella.  Pero el hijo ha emprendido una relación con otra mujer y Kikuko, joven y bella, va a ser dejada de lado.

¿Merece la pena? Es extraño este director, Mikio Naruse.  Hace un fino retrato de estos personajes y sus circunstancias;  el japón laborioso de posguerra, la esposa vieja, agria y la hija que carga con unos nietos malcriados.  Pero la historia se centra en Shingo y Kikuko.  Personajes tristes, desgraciados como los amantes de Midaregumo, como las geishas viejas de Bangiku, o como la escritora Fumiko Hayashi.  Todas estas películas son retratos de personajes a los que Naruse suele dejar malparados.  La fina sensibilidad japonesa es su encanto, la compasión.  Estos personajes  (no en todas las películas pero sí en esta) nos dan un ejemplo de nobleza y dignidad.  Es difícil no enamorarse de la infortunada Setsuko Hara, la aceptación de Shingo ante los anuncios de la muerte, o la discreción de la secretaria Eiko.  Es una forma de arte, retratar las belleza que hay dentro de las personas y que -parafraseando a Saint-Exupery- no puede verse con los ojos, sino con el corazón.

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